De Giotto y Brunelleschi a C. Tangana y Rosalía: cómo los recitales se convirtieron en un cuadro renacentista

En la era de la música en vivo en estadios y festivales, y el surgimiento del exclusivo Campo VIP, los músicos se embarcan en un viaje al pasado en busca de inspiración para el futuro.

En los últimos años los shows en estadios y en grandes festivales han dejado de ser eventos excepcionales para convertirse en la regla en la industria de la música. Ya no es extraño que incluso los nombres de estos tengan más cartel que los propios artistas: Lollapalooza vende miles de entradas sin mostrar su line-up, Primavera Sound va por el mismo camino (aunque en Argentina aún sin tanto éxito), y otros eventos van imitando esta moda. A esto hay que sumarle la aparición de las llamadas filas virtuales y, tal vez el mayor caso de gentrificación musical que hayamos visto hasta ahora: lo que se conoce como Campo VIP.

Con esto en mente, los artistas han empezado a cambiar la manera de preparar sus shows, sobre todo sabiendo que, debido a la gran cantidad de público que los va a ver en este tipo de espectáculos de súper masividad, no pueden ocupar ese lugar de privilegio  cerca del escenario, haciendo que para el resto de los asistentes, la imagen de los músicos arriba del escenario pierde  nitidez y protagonismo . Es por eso, que algunos artistas idearon una manera de acercar lo que pasa en el show a todas partes del estadio, empezando una evolución en el mundo de los recitales que, a manera inversa que las artes visuales, parece tener como destino estar atrapadas en el marco de un cuadro renacentista. 

Del cuadro a la pared, el cambio en el modernismo para ver el arte

Para entender un poco este planteo, es necesario retroceder unos años, más precisamente al Siglo XVI, y trasladarnos a Italia, donde empezaba a nacer lo que hoy llamamos como el Renacimiento. Para hablar de lo que nos compete, no es necesario hablar del concurso de las puertas del Baptisterio de Florencia, pudiendo obviar explicaciones y nombres sobre Giotto, Ghiberti, Brunelleschi, la Cúpula de Santa María de las Flores y el Ospedale degli Innocenti. Solo nos basta con saber que en este momento donde la perspectiva se convierte en la gran obsesión de los pintores italianos, y continuando con la tradición iniciada a finales del gótico, el lienzo empieza a ser el elemento favorito de los artistas. La idea que tenemos de un cuadro antiguo, en donde vemos un trozo de tela pintado y rodeado por un marco proviene de esta época, nos remite a una imagen de una escena muy particular, en donde (gracias a la perspectiva) podemos identificar la diferencia de distancia del fondo con los personajes,   independientemente  de la ubicación de los espectadores. Bien podría compararse entonces un cuadro a una ventana para ver un lugar específico, un cuarto cerrado en donde nadie puede moverse, y donde solo puede verse esa escena. 

El tiempo pasó, y al Renacimiento lo siguió el Manierismo, y al Manierismo lo continuó el Barroco, luego el Rococó, el Neoclasicismo, el romanticismo, el realismo y hasta llegar al Impresionismo, un movimiento que cambió esta manera de concebir el arte. En su libro, Dentro del Cubo Blanco, Brian O’Doherry describe a la perfección este cambio que se dio en la manera de retratar el arte desde el Renacimiento y cómo esto cambió con la llegada de Monet. En el capítulo “Notas sobre el espacio expositivo”, el autor evoca el cuadro de Samuel F.B. Morse, Exhibition Gallery at the Louvre (l881-1883), para usarlo como ejemplo sobre cómo se miraba el arte antes, con cuadros  enmarcados uno al lado del otro, y rodeados tanto arriba como abajo por otros cuadros de distintos tamaños y motivos. La imagen parece ser, a los ojos de hoy, como un cuarto repleto de ventanas en donde cada una de ellas remite a mundos distintos, un mundo que está enmarcado y que se limita al espacio de ese rectángulo, sin posibilidad de imaginar una continuidad  (restringida por el marco de madera que la rodea) ni una comunicación entre ellas. En palabras del propio O’Doherty, “el cuadro de caballete es como una ventana portátil que, una vez colocada sobre la pared, la penetra abriendo la profundidad del espacio”.

Sin embargo, es con Monet y el impresionismo, que la perspectiva desaparece, la imagen se vuelve plana y lo que vemos en escena parece ser un lugar aleatorio, sin ningún motivo en particular más que ser el lugar donde el artista plantó su vista, y que podría ser lo mismo si la imagen fuera de cinco metros para la derecha del paisaje elegido, o cinco metros a la izquierda, el marco empezó a perder su caracter de contenedor (y limitador) y “empiezan a pintarse cuadros que ejercen presión contra el marco” (O’Doherty, 2011, pág 25). Matisse da un paso más en este camino, sus cuadros se fueron haciendo cada vez más grandes, reemplazaron la profundidad de la perspectiva renacentista por la profundidad de esta nueva pintura moderna; los marcos pierden referencia, y a pesar de que estos siguen ahí (el cambio de la manera de percibir el arte no puede hacerse tan rápidamente) pierden valor ante el tipo de imagen que intentan apresar (O’Doherty, 2011, pág 29). Es recién en 1960 cuando el curador del MoMA William C. Seitz decide exhibir los lienzos desnudos, permitiendo que estos tomen “posesión de la pared en las que estaban colgados” (O’Doherty, 2011, pág 30) y puedan liberar el mundo que tienen en sí.

Del escenario al cuadro, el cambio de la manera de ver música en vivo

Volvamos entonces al mundo de la música en vivo. Cualquier persona, por más que no sea un fanático acérrimo de ninguna banda en particular, ha ido al menos a un recital en su vida. Cuando se trata de un show chico (es decir fuera de estadios o festivales), uno puede ver el recital de buena manera desde cualquier lugar; pudiendo ser de los preferenciales y  verlo bien cerca, disfrutando del pogo, o los que prefieren escuchar con un poco más de tranquilidad unos pasos más atrás, incluso sentados. Sin embargo, el cambio que se dio con la popularización de los festivales y los shows en estadios (sumado al ya previamente nombrado “Campo VIP”), estableció  que  estar en uno de los lugares de privilegio más cercanos (que por supuesto son los que tienen los precios más altos), sea la única forma concebida para ver el show de buena manera. La solución a este problema ha sido agregar pantallas que van mostrando a todos los sectores  del público, los primeros planos de lo que ocurre arriba del escenario, e incluso a veces a los fanáticos de primeras filas interactuando con sus artistas favoritos. 

En el pasado 2022, entre los muchos recitales que fui, hubo dos que me sorprendieron por el uso de la pantalla, y curiosamente (seguramente no) fueron dos artistas españoles que han tenido una historia muy vinculada entre ellos, C. Tangana y Rosalía. Ambos shows tuvieron el mismo escenario, el estadio Movistar Arena, el nuevo lugar en donde todos los artistas quieren tocar cuando están en Buenos Aires, y ambos tenían la particularidad de tener un grandísimo sector de Campo VIP, que al estar a la misma altura que el campo normal (que ocupa el lugar trasero), hace que sea todavía más difícil ver bien a los músicos que parecen muñecos legos a la distancia. Para solucionar este problema, tanto Rosalía como C. Tangana apostaron por una manera creativa de utilizar a su favor las pantallas, así el show fue pensado para ser disfrutado a la perfección únicamente viéndolas a través de estas.

El caso de Rosalía, además de su indiscutible talento a la hora de cantar, y su innegable habilidad escénica, uno de los grandes puntos que tiene a su favor es sus elaboradas coreografías de baile,  acompañada por cuatro bailarines hombres tan buenos como ella. Para poder sacar el mayor jugo posible de todo esto teniendo en cuenta las pantallas que había (que era una más grande en el medio del escenario y dos con una orientación verticales en los costados), el cameraman no tenía problema alguno en ponerse delante de la propia cantante, aunque tapara a parte del público, con una precisión de guión entre cada paso (tanto de la española como del cámara) que convertía a esas pantallas en el gran centro de atención, mostrando a la perfección lo que ocurría del escenario pero también limitando todo a una escena, casi como si la pantalla se hubiera convertido en el marco de la escena del recital. Tan importante fue que incluso en un momento del show la propia Rosalía toma una cámara y casi en formato storie o tiktok (vertical, como un celular) se grabó a sí misma recorriendo partes del escenario, convirtiendo el espectáculo en un producto íntegramente pensado para esta pantalla con función de cuadro.

El caso de C. Tangana fue similar, y aunque optó por otro tipo de toma, el resultado fue incluso más profundo. En su caso, el escenario estaba repleto de músicos, pero también actores, todo ambientado como si se tratara de un bar español, con mesas, barras y demás accesorios que componían la escena a la perfección. La pantalla elegida (que fue similar en todos los lugares donde tocó en su gira Sin cantar ni afinar) estaba arriba del escenario, ocupando un espacio gigante y, a diferencia de Rosalía, puesta de manera horizontal. Aquí, Pucho apostó por una coreografía de película, donde nunca había un corte, un especie de recital en plano secuencia, en donde el cantante y sus músicos iban personificando escenas, que podían apreciarse a la perfección solo si seguía la pantalla, que indicaba que parte del escenario debía verse, y a qué altura tenía que estar el cantante del resto de los artistas o de los objetos en escena.

En conclusión, comparar este tipo de shows con un cuadro renacentista puede parecer un poco exagerado, ya que al ser una cámara (y esta estar en movimiento) podemos ver como las escenas tienen en realidad un mundo a su alrededor, sin embargo, la sensación de estar viendo una escena encerrada en un cuadro sigue siendo la misma,  tampoco importa en qué parte del estadio estés, mientras estés mirando la pantalla, verás exactamente lo mismo que en cualquier lado. Ni hace falta decir que ambos shows lograron a la perfección su cometido, y lejos de estas palabras ser una crítica, se puede decir que ambos  lograron vencer al gran monstruo que parece tener hoy la música en vivo: el Campo VIP. 

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