Explorando la Identidad Cultural en la Literatura Contemporánea: un análisis de ‘Desoriental’ y ‘La más recóndita memoria de los hombres’

Dos novelas cuestionan la identidad en un mundo globalizado, explorando la lucha de los personajes por encontrar su lugar en una sociedad en la que no tienen hogar.

Un extraterrestre viaja por toda la galaxia hasta que por fin se encuentra con la Tierra, ese hermoso planeta azul que según los sensores de su futurista nave espacial, le indica que está repleto de vida, tan variada como exótica. Atraviesa la atmósfera en un punto desconocido para él y vuelve a utilizar su maquinaria extraterrestre en busca del lugar cercano donde haya más gente, intentando así descifrar en qué parte de este extenso mundo está. La primera concentración de personas que encuentra es un shopping, un lugar perfecto para aprender de los seres humanos, en donde puede ver lo que hacen en su tiempo libre, y aprender más de ellos. El extraterrestre se viste como los locales, se dirige al centro del edificio, donde su nave le dice que está todo el mundo. Allí, ansioso por descubrir en qué parte del globo se encuentra, empieza a girar la cabeza desesperado, buscando las pistas que le den la respuesta. A su derecha, aparece un McDonalds atestado de niños eligiendo su muñeco favorito de su cajita feliz, a su derecha, un grupo de hipster piden un Vanilla Latte en un Starbucks, detrás suyo, una pareja comprar un combo familiar en un KFC, y adelante un grupo de amigos pide agrandar la gaseosa y las papas en un Burger King. El extraterrestre, atónito, se descubre que por lo que ve podría estar en cualquier lugar del mundo.

La globalización se ha convertido en un proceso en donde, supuestamente, las culturas de todas partes del mundo empezaron a homogeneizarse, perdiendo su individualidad en pos de una cultura mundial occidentalizante e incluso estadounidense. Sin embargo, y aunque es innegable que esto puede verse tanto en los que pueden ser los consumos culturales, franquicias de comidas, modas de ropa y más, parece no alcanzar en lo que respecta a las culturas orientales. O por lo menos no al nivel de alienación que tienen los países de occidente.

La identidad, esa palabra mágica que tanto se usa en el Siglo XXI pero que al mismo tiempo parece ser tan abstracta como misteriosa. Sin buscar definiciones en la RAE y basándonos más en el sentido común, podemos decir que la identidad es un conjunto de aptitudes, costumbres, gustos y actividades que nos definen, que nos dan cierta particularidad que nos diferencia de otras personas, nacionalidades o colectivos. Pero esta definición no parece poder dar un verdadero sentido a lo que es la identidad en realidad.

Entre los libros que leí este año, dos me han llamado la atención sobre este tema: «Desoriental», de la escritora iraní Négar Djavadi y «La más recóndita memoria de los hombres», escrito por Mohamed Mbougar Sarr de Senegal. Curiosamente, o no tanto según uno puede leer en los libros, ambos han sido escritos en Francia. La primera llegó allí, debido a que se convirtió en el refugio de la escritora luego de que su familia se opusiera al gobierno de Shah y el ayatolá Komeini, y el segundo debido a que Senegal fue colonia del país europeo en el pasado y aún mantiene cierta influencia colonialista en el país africano y sus intelectuales (“Se empezaron a interesar por mí porque París se había interesado, lo cual suponía una garantía”, dice el protagonista del libro al hablar de Senegal).

Pero realmente no es nada curioso, ya que ambos tienen las mismas denuncias en sus líneas en contra Francia, un país que les dio una casa, pero nunca un hogar. 

La identidad como un consumo exótico

En ambos libros, Francia (representando a Europa, la cultura occidental, la globalización) parece querer atrapar a los protagonistas, pero nunca deja de recordarles que, a pesar de que tienen que leer lo que ellos leen, comer lo que ellos comen, hablar lo que ellos hablan y reírse de lo que ellos se ríen, nunca serán parte de ese mundo. No hay intercambio cultural, hay mercantilización de la cultura ajena y un racismo solapado (y no tanto) que no permite a los protagonistas meterse en ese mundo en el que viven ahora.

La gran obsesión de T. C Elimane, el misterioso personaje detrás de la trama del libro de Mohamed Mbougar Sarr, no es que aprecien su libro por su singularidad africana, no es ser el Rimbaud negro, no ser un puente canonizado (un cliché fácilmente vendible y reconocible para los medios europeos) por la cultura occidental para entender África. El deseo de Elimane es que su libro se disfrute por lo que es, un libro grandioso, y nada más. En una de las charlas que Elimane tiene con su editor, posiblemente uno de los pocos verdaderos aliados que tuvo desde que publicó «El laberinto de lo inhumano» (el libro ficticio en el que gira toda la trama del libro de Mohamed), le confiesa que su verdadera frustración es que ninguno de los críticos logró entenderlo, ni siquiera los que lo defendieron.

En su libro, Mohamed nos habla de cómo la identidad africana (o no europeizante se podría decir) es vista como algo exótico que necesita ser traducido, y que todo libro escrito por un africano tiene que ser un camino hacia esa traducción (que parece ser floja y sin una verdadera búsqueda de verdad). Nadie lee en Francia lo que escriben los escritores franceses como un testimonio de la cultura de Francia, sino como un libro, pero Elimane por ser senegalés sí o sí tiene que escribir el legado de su tierra. El escritor francés es escritor; el escritor africano es escritor africano.

“Me convertí, en los festivales, encuentros, salones y ferias literarias a lo que me invitaban en el encargado natural de esas indestructibles mesas redondas tituladas ‘nuevas voces’ o ‘nueva guardia’ o ‘nuevas plumas’ o a saber qué otra cosa pretendidamente nueva pero que, en realidad, parecería tan vieja y extenuada en literatura”, dice Diégane Latys Faye, el protagonista y casi narrador del libro, al describir como lo llaman luego de su exitoso primer libro, que lo lleva a convertirse en la nueva promesa literaria de la “francofonía africana”.

La identidad como una pérdida de pertenencia

Négar Djavadi nos habla también de esa inconexión con Francia. El libro de Djavadi parece estar dividido (a pesar de que todo el tiempo tiene cambio de tiempo y escenarios) entre la época que Kimiâ y su familia viven en Irán y el tiempo que vive en Francia. Mientras están en Medio Oriente, Occidente se muestra  como la gran salvadora de todos los problemas, en donde Kimiâ y sus hermanas se refugian, viendo series y programas de Estados Unidos y aprendiendo a hablar francés para fingir ser parte de esa sociedad.

Sin embargo, una vez en Europa, la protagonista de esta historia ve que en Francia nunca será Kimiâ, sino que siempre será una musulmana para los ojos de los franceses, profese o no esa religión (en una escena, incluso, cuenta que muchos de los compañeros de universidad de su hermana no entienden por qué no lleva una burka). La madre de Kimiâ parece luchar, desde que están en Europa,  para que la cultura de Irán no sea borrada en la mente de sus hijas, e incluso la propia protagonista ve con enojo cómo Europa no le da la importancia a su padre en lo que representó en la revolución iraní y cómo sí al ayatolá Ruhollah Jomeini, debido a que él era más identificable en el imaginario francés de lo que es Medio Oriente para ellos.

Ser un expatriado conlleva  intentar crear una nueva cultura como respuesta a la situación en dónde  los protagonistas  no se sienten cómodos ni con los franceses ni con los propios. Cambiaron tanto que ya se sienten ajenos a su cultura, pero no lo suficiente como para sentirse cómodos en ese nuevo lugar. Kimiâ no vuelve a ver a sus tíos (grandes protagonistas de numerosos fragmentos del libro), no está junto a su padre cuando éste muere, no vuelve nunca a su Irán natal, en su affaire con Francia, la escritora se divorcia de su patria, pero no puede adoptar a esta nuevo país, ni sentirse parte de él. 

En La más recóndita memoria de los hombres su protagonista ya no  soporta hablar con sus padres, con quienes ya no se siente cómodo al hablarles, ni se identifica con las peleas políticas que está llevando a cabo el pueblo de Senegal. Ya no pertenece a ese mundo, y su búsqueda por saber qué fue lo que pasó con Elimane es en realidad, la búsqueda de su identidad perdida, de encontrar quién es él en esa nueva vida que tiene.

La identidad como refugio invisibilizador de lo desconocido

Philip Rizk en su texto “2011 no es 1968, carta a un espectador” (La Primavera Árabe Y El Invierno Del Desencanto, 2019, pag. 29-39) describe el impacto que tuvieron las redes sociales en cómo el mundo vio la revolución egipcia. En su texto, el cineasta explica cómo,tanto los medios nacionales como internacionales, los eligieron a ellos: artistas de clase media, como los encargados de contar lo que estaba ocurriendo. No porque tuvieran una sensibilidad superior, ni por haber organizado las revueltas (que se vieron inspiradas en el levantamiento tunecino que se había generado unos meses antes), sino por considerarlos   parecidos  a ellos. Rizk y otros artistas de esa generación fueron elegidos para contar lo que pasaba con una voz más parecida a la suya, aunque  les costara entender realmente lo que pasaba en el lugar.

“Las emisiones en lengua no árabe se apoyaron principalmente en activistas de habla inglesa, muchos de nosotros de clase media, algunos de nosotros politizados desde antes del 25 de enero de 2011. A menudo, también los canales de noticias en lengua árabe fueron a buscar, para que hablaran en nombre de la revolución, a activistas de clase media, cada uno de los cuales interpretaba el momento en cuestión de acuerdo con sus respectivas perspectivas ideológicas. Así, nos convertimos en traductores de un alzamiento colectivo, del que lejos estábamos de ser los representantes. Nuestros rostros eran el reflejo de rostros como el suyo. Nuestras voces le resultaron comprensibles. Servíamos para hacer que esta revolución le pareciera accesible”, dice en su texto.

Para Rizk, “internet ayudó a crear un aura de absoluta familiaridad”. Las redes sociales compartieron las atrocidades que ocurrían en las calles de una manera similar a los medios tradicionales, por lo que al ser reproducidos en un entorno conocido, esto le sacó el manto de lo desconocido, encadenando el hecho a algo más familiar, y quitándole su valor particular y único, homogeneizando todo.

La identidad parece ser el gran tema de discusión de estos libros y sobre todo, el gran punto a defender. Hoy en día, cuando la palabra identidad es usada como palabra mágica para marcas que quieren sumar puntos usando «palabras correctas»  y naciones que quieren limpiar su conciencia, es bueno ver testimonios como los de Négar Djavadi y Mohamed Mbougar Sarr que desde culturas globalizantes, intentan dar tela al debate y al pensamiento crítico, dentro de dos historias excelentemente escritas, apasionantes, entretenidas que, como todo libro que vale la pena, dejarán al lector con más preguntas que respuestas.

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